Acogedor como sólo pueden ser los pueblos que se forjaron a través de los siglos con la aportación de distintas culturas y muchas sangres, Cañamero se extiende, como un lagarto al sol, sobre las últimas estribaciones de la sierra de las Villuercas, más que cerrando el paso, siendo puerta que facilita la entrada a las tierras duras desde el suroeste o despidiendo al que sale, después de haberlas cruzado.
En la retina quedarán los perfiles de las crestas altivas, en los oídos los sonidos líquidos de las corrientes cristalinas y en sus gargantas el sabor añejo de unos vinos de fama merecida que pronto querrán volver a beber.
Sed bienvenidos a esta tierra que
os presentamos y en la que nadie es forastero.
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